jueves, 23 de julio de 2026

El Trapo Sagrado, la Libertad de Rodillas y el Eco de las Islas

 

En Argentina, el verde césped nunca ha sido un espacio neutral, es un territorio donde el mito y la historia colisionan, una trinchera donde lo profano roza lo sagrado. Cuando los futbolistas de la Selección levantaron en el Mundial esa tela blanca, escrita a las apuradas con aerosol y en letras poco uniformes desataron un ritual de comunión colectiva. Ese trapo rústico, imperfecto en su caligrafía, pero quirúrgico en su mensaje, tuvo la potencia telúrica de poner la discusión nuevamente en el tapete mundial. En un planeta hiperconectado pero amnésico, donde generaciones enteras crecieron en el extranjero sin haber oído jamás de la causa Malvinas, ese retazo de tela fue una lección de geografía e historia dictada ante los ojos de miles de millones.

Es ahí donde la antropología cultural de las identidades nacionales revela su verdadera potencia mística: la nación no se escribe en la frialdad de los boletines oficiales, sino en el calor de esas "comunidades imaginadas" de las que hablaba Benedict Anderson, donde un hilo invisible conecta la memoria de los caídos en 1982 con el pecho encendido de un deportista. El fútbol, que según los analistas de salón sirve solo como el opio de los pueblos para distraer y anestesiar, mutó de pronto en un tribunal de justicia simbólica. Hoy sirvió para declarar, para gritarle al mundo una verdad incómoda. Este nacionalismo defensivo y popular, teorizado por Arturo Jauretche como el anticuerpo indispensable contra la colonización cultural, opera como una epifanía en la vitrina más grande de la tierra, exponiendo una herida abierta que la burocracia global y el enemigo de adentro intentan suturar con el olvido. Porque esa bandera de aerosol no solo apuntó hacia los usurpadores del Atlántico Sur, también desnudó al enemigo interno que siempre pulula en las sombras de nuestra historia, agazapado en su obsecuente cipayismo.

Este estallido de soberanía popular choca de frente contra la realidad gubernamental actual, abriendo una grieta insalvable entre el pulso de la calle y la “diplomacia” del despacho presidencial. Mientras el pueblo rescata su mística territorial en los estadios, el Poder Ejecutivo nacional ensaya una reverencia genuflexa ante el eje angloestadounidense, encarnada en la confesada admiración de nuestro presidente por Margaret Thatcher. Aquí la filosofía política de la "libertad" —caballito de batalla del discurso oficial— se desmorona en su propia contradicción ontológica. ¿De qué libertad se habla cuando se rinde pleitesía a la encarnación del imperialismo colonial? Admirar a quien ordenó el hundimiento criminal del crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión no es un pragmatismo ideológico, es una capitulación ética y metafísica. El gobierno incurre en lo que Frantz Fanon denunciaba desde la sociología del trauma colonial: la alienación profunda de una élite cipayista que,
buscando la palmada aprobatoria del opresor, internaliza su lógica de dominación y desprecia el dolor, la sangre y la heredad de su propio pueblo.

Este ir y venir entre la resistencia del barro popular y la sumisión de los que supuestamente nos representan reactiva el viejo péndulo de la historia argentina. Mientras la sociología de las masas nos muestra al fútbol transmutando el juego en un hecho maldito para el orden establecido, la arquitectura oficial del Estado pretende reducir la patria a una mera corporación transaccional o a un mercado desprovisto de memoria. Pretender insertar al país en el concierto de naciones mediante la entrega simbólica y la obsecuencia al invasor es una fantasía de servidumbre voluntaria. La paradoja es total y flagrante en pleno siglo XXI: se pregona una libertad abstracta en los atriles económicos mientras se convalida el anacronismo violento de un enclave militar y extractivista en nuestro propio suelo. Pero la soberanía no se remata en la timba financiera de los dóciles ante el capital extranjero. La Selección dictó una cátedra de dignidad ontológica: si un proyecto político utiliza la palabra "libertad" pero es incapaz de repudiar el imperialismo que le mutila el mapa, no está construyendo futuro por el contrario está de rodillas ante el pasado colonial.

La final del mundo se jugó ante España, pero en realidad se la vivió antes con ese partido inolvidable frente a Inglaterra, es esa la copa real que consiguió el seleccionado argentino. Ahora con las luces de los estadios se apagaron, pero quedó grabado en las retinas del mundo ese pedazo de tela blanca manchado de aerosol. Es el grito de un pueblo que se niega a ser huérfano de su propia historia. Porque mientras los palacios oficiales sigan mudos por su genuflexión ante Londres y Washington, las tribunas y las canchas seguirán hablando el lenguaje de la lealtad. No hay olvido posible cuando la memoria colectiva arde. Malvinas no es una línea en un tratado de comercio, es el frío de las trincheras, es el dolor de las madres, es el heroísmo de los pibes que se convirtieron en centinelas eternos. Ese trapo desprolijo y glorioso fue un abrazo místico a la distancia, una promesa inquebrantable de que no importa cuán de rodillas quiera ponerse el gobierno de turno, el pueblo argentino caminará siempre erguido, custodiando el fuego sagrado de la patria, esperando el día en que la celeste y blanca vuelva a flamear donde siempre debió estar. Porque la libertad real no pide permiso al imperio, se ejerce con la dignidad de saber quiénes somos y a quiénes lloramos.

 

jueves, 9 de julio de 2026

Las Dos Postales de la Libertad: Cuando la Tiza y el Libro Vencieron al Cotillón

 (9 de julio de 2026)

Hay momentos en la gestión educativa donde el cuerpo, cansado por las exigencias cotidianas y las tensiones del día a día, de golpe se detiene, respira hondo y comprende el sentido exacto de toda una vida dedicada a la escuela pública. El pasado 9 de Julio, la Modalidad de Educación Permanente de Jóvenes y Adultos de Tucumán no solo desfiló: plantó un manifiesto político, pedagógico y humano en plena avenida patria.

La jornada comenzó a latir temprano. A las 10:30 de la mañana, sosteniendo firmes el cartel que señalaba el punto de encuentro de la EPJA, vimos aparecer los contingentes. De cada rincón de la provincia, alumnos, docentes y directores confluían en una mañana donde un sol brillante y reconfortante parecía bendecir la patriada. En ese abrazo inicial, comenzamos a repartir las bufandas sublimadas: celestes con el sol patrio para cobijar el entusiasmo de los estudiantes del nivel secundario, y blancas para vestir el compromiso del equipo docente y técnico. No había cotillón de corso, no había camiones ornamentados. Había una estética de la dignidad.

Toda la simbología que alguna vez soñamos en un escritorio estuvo allí, latiendo en el asfalto. Desde las "Pizarras de la Libertad" que abrieron la pasada con la fuerza de la alfabetización, cruzando la solemnidad del secundario y sus lecturas, hasta la potencia arrolladora de la Formación Profesional con sus ponchos de la Revolución y sus herramientas de trabajo real. Cuando la columna de 400 almas cruzó frente al palco oficial, el aire cambió. Hubo un silencio de respeto y luego un aplauso diferente, espeso, conmovido. El pueblo tucumano entendió que allí marchaba su propia historia. En algún rincón invisible del lugar, Paulo Freire aplaudía emocionado al ver que la humildad poderosa de las vanguardias pedagógicas le daba un sentido liberador al Día de la Independencia.

Como educador, uno aprende a entrenar la mirada para rescatar lo invisible. Al terminar el trayecto del desfile, con la emoción desbordando el pecho, pude resumir esa gesta histórica en dos postales que justifican cada hora de desvelo, cada proyecto defendido y cada trago amargo de la gestión:

La primera postal nos devuelve el rostro de la justicia pedagógica. Una persona mayor de cabello ceniza, miraba el entorno con un asombro tierno y sagrado. A su lado, codo a codo, su docente, sosteniéndola, validándola. En sus manos, portaba una de nuestras pizarras construidas con esfuerzo comunitario, donde una tiza blanca y firme gritaba al mundo: "MI NUEVA OPORTUNIDAD". Esa mirada, despojada de culpas pasadas y preñada de futuro, nos entregó el mensaje más poderoso de la jornada. El sistema alguna vez la excluyó, pero la escuela pública la trajo de regreso para reclamar su destino.

La segunda postal terminó por desarmar cualquier intento de objetividad burocrática. En medio del bullicio ensordecedor de las tribunas, de los gritos y los movimientos, un joven estudiante del secundario —con su bufanda celeste cruzada—absorto y completamente ajeno al resto del universo. En sus manos no llevaba el libro como un decorado para la foto o como utilería, lo tenía abierto y lo leía. Devoraba las páginas, habitando su propio territorio de libertad. Él no usaba el libro para mostrarlo, el libro ya era parte de su identidad conquistada. Yo leí ese momento y supe que solo esa imagen pagaba con creces cada paso dado en este camino.

Nada de esta revolución en movimiento hubiera sido posible sin la maquinaria invisible que sostuvo el andar. Al finalizar la jornada, me embargó una emoción profunda al observar a mi equipo de secretarios de supervisión. Sin necesidad de directivas, sin que nadie tuviera que recordarles sus roles, se convirtieron en un solo cuerpo. Se apoyaron entre ellos, cuidaron a cada alumno del contingente, resolvieron cada imprevisto en silencio. Fue una sintonía perfecta: con solo mirarnos, interpretaron el espíritu de lo que nos estábamos jugando en la calle.

La EPJA que creamos y en la que creemos no regala credenciales vacías; repara la historia personal de nuestro pueblo. Nos retiramos de la trinchera diaria sabiendo que la semilla no solo germinó, sino que ya se transformó en un bosque de tiza, libros y herramientas que nadie podrá talar. ¡Gracias, Circuito III! ¡Gracias, Tucumán! La escuela pública sigue abierta, y volver a empezar sigue siendo nuestro derecho más sagrado.